El turismo ha demostrado una notable capacidad de adaptación ante crisis globales, desde la pandemia del COVID-19 hasta los cambios en los contextos políticos, normativos y sociales. Pero, ¿qué significa realmente ser un sector resiliente?
En el marco del Día Internacional de la Resiliencia del Turismo, conversamos con Alejandrina Acuña Torres, experta en gestión turística y docente de la Maestría en Gestión del Turismo Sostenible de la UCI. En esta entrevista, exploramos los aprendizajes clave que dejó la pandemia, las estrategias necesarias para fortalecer la resiliencia en los destinos turísticos y el papel fundamental de las comunidades locales en la construcción de un turismo más sostenible y regenerativo.
¿Qué tan resiliente ha demostrado ser el turismo, en especial después de la situación vivida durante la pandemia del COVID 19 y con los cambios en el contexto político, normativo y social?
Sin lugar a dudas, la pandemia del COVID-19 marcó un antes y un después para toda la sociedad actual, y, por supuesto, la industria turística no estuvo ajena a ello. Por el contrario, al tratarse de una actividad basada en servicios e interacciones humanas, se vio severamente afectada durante la crisis. Sin embargo, a pesar de muchos análisis que, siendo realistas, daban un pronóstico reservado para el futuro del turismo tras la pandemia, la realidad demostró que el sector logró subsistir con cierto grado de éxito, aunque con pérdidas inevitables.
Por su parte, aunque resulte irónico, según mi opinión, los cambios en el contexto político, normativo y social pueden ser mucho más difíciles de superar aun cuando, a diferencia de la crisis del COVID 19, que fue global, éstos suelen tener un impacto de carácter más regional. La gran diferencia, en mi opinión es que los cambios políticos, normativos y sociales tienden a polarizar las opiniones y posiciones, en tanto que la pandemia más bien coadyuvó a hacer aflorar sentimientos y valores como la empatía, la solidaridad y la colaboración, por mencionar algunos.
Los cambios políticos y sus repercusiones en el ámbito social y normativo tienden a generar posturas más subjetivas, parciales e incluso radicalizadas, por lo que la actividad turística deberá hacer acopio de muchas más cualidades blandas como la capacidad de adaptación, la innovación, capacidad y velocidad de respuesta ante el cambio o incluso, aceptación y preparación para afrontar la posibilidad de transformación o incluso desaparición, en caso de no poder adaptarse a nuevas realidades, habilidades que tuvo que mostrar durante la crisis de salud antes mencionada.
En resumen, ciertamente el turismo ha demostrado ser una actividad resiliente pero esta es una cualidad y una habilidad blanda que se debe ejercitar de manera permanente, constante y periódica, haya o no haya crisis. Se debe construir y trabajar, no es algo que nos sea dado por naturaleza (no siempre) y mucho menos, por gracia divina.
¿Qué aprendizajes nos dejó el COVID 19 en el turismo y cómo se pueden aplicar para fortalecer la resiliencia en el sector? ¿Considera que esos aprendizajes ya se han integrado en la toma de decisiones?
Nos dejó muchas lecciones aprendidas, sin embargo, al igual que en el ámbito personal algunos ya teníamos la sana costumbre de lavarnos bien las manos, otros la adquirimos durante la pandemia y otros la perdieron tan pronto pasó la crisis, tales aprendizajes no necesariamente se han internalizado e integrado en la toma de decisiones.
A manera de ejemplo, es muy lamentable constatar cómo en muchos negocios y comercios, no sólo turísticos, han caído en desuso incluso hasta las normas de salubridad más básicas yendo en detrimento hasta de los principios elementales de la calidad del servicio.
Lamentablemente, creo que la misma suerte han corrido prácticas empáticas, solidarias y colaborativas (prácticas socialmente más justas y regenerativas) que fueron adoptadas durante la pandemia, no sólo por necesidad, sino también por afinidad y compromiso. Me refiero, por ejemplo, al privilegio que se le dio durante la pandemia a las compras de kilómetro cero, a los proveedores locales, a la adquisición de productos artesanales, al pago justo por tales productos (en vez de considerar por sobre todo el precio bajo como al atributo de mayor peso en la decisión de compra), etc.
En el ámbito ambiental, muchas personas y empresas tuvieron que aprender a retomar prácticas de producción local de insumos como los alimentos y ello se ha dejado de abandonado en muchos casos debido a que ante el “retorno de la normalidad”, muchos han vuelto a perder la disponibilidad y la calidad de tiempo que se tuvo durante la crisis y a que es más fácil retornar a la practicidad y caer ante el consumismo que nos ofrece el entorno, en vez de seguir manteniendo un ritmo de vida más austero, más apegado a la realidad, más consciente y con menos excesos.
En el ámbito socioeconómico, creo que muchas empresas han retomado la práctica de maximizar las ganancias y tener este indicador como uno de los más claros exponentes de éxito, por sobre la práctica que muchos adoptaron durante la pandemia de buscar también la estabilidad y la calidad de vida de sus trabajadores. Muchos sacrificaron sus márgenes de ganancia y hasta asumieron pérdidas (es decir subsidiaron) con tal de mantener “trabajando” a sus colaboradores.
Podría seguir enumerando ejemplos, pero mi conclusión es que no todos los empresarios turísticos fueron capaces o tuvieron la voluntad de mantener el cambio de paradigma que trajo la pandemia para transformarse en empresas más justas, solidarias y empáticas, y menos obsesionadas con la rentabilidad monetaria.
La crisis del COVID-19 nos reafirmó que, para que una actividad sea exitosa y sostenible en el tiempo, debe ser «rentable», es decir, productiva y capaz de generar recursos; de lo contrario, no podrá sostenerse ni apoyar a otros. Pero también nos enseñó que, aún en un mundo globalizado y hasta mercantilista, la rentabilidad no sólo está dada la generación de un excedente monetario. Durante la pandemia la necesidad llevó a muchos a volver al trueque o al intercambio, volvió a ser rentable quien podía tener un excedente de huevos que pudiera canjear por el excedente de hortalizas que tenía el vecino. O bien, no tenían excedentes, pero el intercambio les beneficiaba a ambos.
La pandemia nos orilló a tomar decisiones extremas en circunstancias extremas, pero también demostró que el cambio es posible y que se puede vivir con menos, y quizás así vivir mejor. Sin embargo, tras la crisis, no todos estuvieron dispuestos a renunciar a la comodidad y la inmediatez en favor de un estilo de vida más consciente, con menos estatus, menos validación en redes sociales “likes”, pero con una mejor calidad de vida. Lo mismo es válido para los individuos como para las empresas.
Desde su perspectiva como gestora turística y académica, ¿qué estrategias clave deberían implementarse para fortalecer la resiliencia en los destinos turísticos?
Pienso que el primer paso es que aquellas empresas que sí sufrieron una metamorfosis verdadera durante la pandemia, o de cara a otras circunstancias que hayan tenido que superar, adopten papeles más proactivos, primero, en su entorno inmediato, comunicando de manera respetuosa y si se quiere, con una sana humildad, sus lecciones aprendidas, su propia transformación. Es decir, generando conciencia a través del ejemplo y compartiendo sus experiencias. Demostrando y enseñándole a otros que no sólo es posible, sino también deseable promover modelos de negocio más solidarios, responsables, empáticos, colaborativos… más regenerativos.
El fortalecimiento de la resiliencia de los destinos parte de la consolidación de las unidades que ya han demostrado ser resilientes, de su disposición de compartir las lecciones aprendidas para que otros las puedan adaptar y del contagio y la construcción de ambiente colaborativo por encima de uno de competencia salvaje.
Parte de la búsqueda de generar núcleos que aglutinen a esas unidades: asociaciones de empresas, cooperativas, o simples grupos que empiecen a trabajar en conjunto por un bien común. De la suma de nuevas partes hasta configurar un núcleo sólido y generoso que luego pueda empezar su proyección para alcanzar las esferas de decisión política. Pero el cambio, siempre ha partido desde las bases, nunca ha llegado como maná llovido del cielo, esos intentos por imponer desde arriba nuevos esquemas, por lo general no ha sido exitoso, o bien, ha sido impuesto por la fuerza.
¿Qué papel juegan las comunidades locales en la construcción de un turismo resiliente y cómo pueden integrarse efectivamente en este proceso?
De la respuesta anterior se infiere que el papel de las comunidades locales es fundamental, la permanencia en el tiempo de una actividad turística gratificante, respetuosa, responsable, consciente, depende de que sus bases estén firmemente instauradas en la comunidad, dependen de su compromiso y de cuán dispuestas estén a mantener la lucha por un modelo de desarrollo turístico sano y justo.
La resiliencia viene dada por la capacidad de analizar, comprender, aprender, prever cuando sea posible y luego adaptarse. Porque el cambio siempre ha existido y seguirá existiendo.
Se dice que las cadenas son tan fuertes como su eslabón más débil, pues en mi experiencia, yo no creo lo mismo acerca de las comunidades.
Pueden integrarse efectivamente en el proceso de construcción de un turismo resiliente uniéndose y organizándose en grupos afines, dejando de lado las individualidades (a menos que sean sanas, como el caso un emprendimiento que ha logrado generar por sí sólo un cambio positivo y esté dispuesto a compartir su experiencia y sus conocimientos).
Aceptando que, tal y como nos lo demostró la pandemia, somos seres sociales, raras veces capaces de sobrevivir en absoluta soledad.
Teniendo siempre en mente que el turismo es una actividad sumamente vulnerable y hasta caprichosa. Que por muy bonito que les pinten el futuro, nunca, nunca, nunca deberán apostarle todo al turismo- Eso no es ni sano ni realista.
Que la clave a nivel comunal está en identificar y construir complementos, no en competir. En pensar más allá del yo, para pensar en el entorno y cómo gracias a las diferencias, podemos construir experiencias.
El turismo comunitario, para que sea resiliente, sí o sí pasa por la construcción de destinos. No basta con único emprendimiento exitoso del cual luego “otros se cuelguen o lo copien como monitos”.
Para integrarse efectivamente en un proceso de construcción de un turismo resiliente, toda comunidad debe reaprender, ante todo, a volver a ser comunidad y si tienen la dicha de serlo ya, deben empezar por nutrir esa gran fortaleza.
Según la Real Academia Española, la palabra comunidad define tanto a un conjunto de personas que viven en un mismo lugar, como un pueblo, región o nación (i); como a un conjunto de personas que comparten intereses, características o creencias (ii).
Personalmente, me gusta más la segunda acepción, pero lo más común es la primera. Sin detrimento, claro está de que pueda haber una combinación de ambas y muchas otras acepciones. Sin embargo, para mí, el concepto de comunidad lleva implícito el de diferencia. Pertenecer a una comunidad no es sinónimo y requiere de la condición de que todos seamos exactamente iguales, muy por el contrario, parte de reconocer, aceptar y respetar que siempre habrá alguna diferencia. Mayor o menor, siempre habrá diferencias. Pero una comunidad unida de cara a un frente común, que elige compartir lo bueno y aprender de lo malo (o diferente) para construir sobre el aprendizaje y no sobre la diferencia en sí, es una comunidad resiliente.